
Vuelvo a parar para comer o quizás no porque voy un poco apurado. Sigo conduciendo. Veo algo que me gusta y me detengo para fotografiarlo. Conduzco unas cuantas horas más todavía. Me para un carabinero o policía. Mira mi documentación y los calcetines tendidos. Me dice que continúe mirando fijamente a las gafas sin patilla que apenas se sujetan en mi cara. Llego a una ciudad, un pueblo. Busco un hospedaje, un hotel o un albergue. Me registro y me duermo.Esto podría ser un día cualquiera de mi actual vida de viajero (a veces cambio pensión por hotelito o dormir en el Falcon y no siempre me encuentro un maromo tirado en el pasillo de la pensión, aclaro). En definitiva una vida dura y rutinaria. Tan rutinaria como ir a la oficina todos los días de 9 a 18 horas. Sin embargo me gusta más, debo reconocerlo. Me encanta conducir y cuando me quedo varios días en algún sitio echo de menos volver a la carretera. Ya os digo, una rutina.
En Santiago, concluido aproximadamente el 50 % del recorrido planeado, aprovecho para hacer balance. El Falcon sigue vivo y coleando. Ha perdido un faro, varias manillas, la radio debo
Yo tampoco me puedo quejar. Una pequeña diarrea, ya superada, ha sido el único problema de salud destacable. Sigo camino.

El pasado 22 de febrero llegue al Km. 0 o Hito 0 de la carretera Panamericana que se encuentra en la isla de Chiloé. Esta carretera es la que estoy siguiendo actualmente y la que con un poco de suerte me llevará hasta mi destino final.
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