













Las aventuras de un Oliveras














En Uyuni paso de tours organizados y me propongo ir con el Falcon al salar. Para mayor seguridad contrato a Nefi, un guía que conoce bien la zona. El salar de Uyuni no tiene nada que ver con el de Atacama. El que tengo ahora ante mis ojos es como un mar helado y blanco como la nieve. Empiezo a rodar sobre él. La sensación es muy extraña, pero trasmite seguridad.
Hacemos una breve parada en el Hotel de Sal antes de adentrarnos unos cien kilómetros en dirección a la isla Huancasi que está llena de cactus. Es realmente sorprendente el contraste de éstos con la blancura de la sal. Parece un paisaje surrealista. Después de varias horas, ya de noche, llegamos a Uyuni. Estoy cansado y para desquitarme de las penurias del día anterior me meto entre pecho y espalda un bife de llama con una botellita de vino boliviano. Marcho contento al hospedaje.
Algunos tramos son complicados pero poco a poco los vamos sorteando. Javier hace de copiloto y me va indicando por donde pasar. Paramos a comer en un pueblito. Por la tarde la cosa se pone muy fea. Vadeamos varios ríos de los que sinceramente pienso que el coche no iba a salir. En más de una ocasión tenemos que colocar una bolsa de plástico en el delco pues si se moja el motor se para de inmediato. En mi mente el Falcon atascado en el agua que vi en Salta. En un rio, no muy ancho pero bastante profundo, meto el Falcon con fuerza. Veo desaparecer el morro bajo el agua que llega hasta la ventanilla. Voy pisando a fondo y lo atraviesa pero en el último metro se cala. Pienso lo peor pero consigo arrancar de nuevo. No puedo sacarlo. Javier me comenta que el problema es que la corona está apoyada sobre una piedra y ha dejado una de las ruedas traseras sin tracción. Javier, Delfín y Victoria tiran del coche y finalmente sale. (http://www.youtube.com/watch?v=kKKQUfXz3Vk )
Llegamos al asfalto. Las dos últimas horas hasta Oruro son un placer. Dejó a mis pasajeros sobre las 18:30 y sigo camino a La Paz. Me quedan tres horas pero la carretera es buena. Vuelvo a subir pasaje. Son como tropecientos. Madres, abuelos, niños, bultos. Ni siquiera los cuento. Pero no los puedo llevar a su destino. Noto un ruido muy fuerte en el coche y tengo que parar. Llego hasta un pueblecito pequeño y feo típico de carretera. Decido hacer noche para que al día siguiente pueda verlo un mecánico. El único alojamiento existente deja bastante que desear. Al dueño apenas le entiendo pero finalmente me hace ver que no hay cuarto de baño y que para cualquier cosa utilice un rincón del patio. Por supuesto la cama no tiene sábanas pero me da un par de mantas con las que me apaño. Tampoco puedo pedir mucho por veinte bolivianos (dos euros). En cualquier caso me alegro de haber elegido la habitación con cama, otros huéspedes duermen en el suelo aunque pagan algo menos claro.
Me recomienda no continuar viaje pues corro el riesgo de quedarme tirado. Por una vez decido no arriesgarme y alquilo un camión de ganado para llevar el Falcon a La Paz. Es un Volvo grande que aquí compran de segunda mano una vez que en el primer mundo ya le han sacado partido. Tres horas después, yo sentado en la cabina y el Falcon en el habitáculo del ganado llegamos a El Alto, una ciudad justo antes de La Paz. Nos para la policía. Quieren dinero. Yo me niego a pagar. Al camionero no le queda mas remedio. Descargamos el coche. Allí me peleo con el camionero por el precio. Me quiere cobrar más que el pactado.
Todo ha cambiado de repente. Acabo de terminar los tramites en el lado argentino y me topo con otra realidad. La calle aparece poblada de puestecitos que impiden mi camino. Una señora me mira como diciéndome que no piensa levantarse pero finalmente se levanta muy lentamente. A duras penas consigo avanzar hasta el puesto de inmigración boliviano. Hace mucho calor y las hojas del pasaporte se han pegado cuando se lo entrego al oficial del mostrador. Es el último trámite para estar en Bolivia. Me mira todo y me pide con desgana el carné internacional de vacunación. No lo tengo le digo. Pues no puede pasar me contesta. Otra vez en las mismas. Pongo cara de desesperación a la espera de la frase que sé va a venir a continuación. ¿No tendrá unos bolivianos para acelerar el trámite? Le pregunto cuánto. Cien dólares me contesta riéndose. Le doy doce pesos argentinos y me sella el pasaporte.
Cuatro horas después llego a un pueblo. Pregunto donde conseguir algo para comer y me indican la casa de una señora. La señora en cuestión me saca una silla y la pone en mitad de la calle para que me siente mientras me prepara un bocadillo. La gente me mira como a un marciano. Observo que todo está cerrado. Me cuentan que están con la campaña del denge fumigando por todas partes. Caigo en la cuenta. Con las prisas y los problemas se me ha olvidado el grave problema que está viviendo Bolivia con esta enfermedad que se trasmite por picadura de mosquito. En breves segundos visualizo perfectamente el cajoncito del mueble del cuarto de baño de mi casa donde dejé olvidado el repelente antimosquitos. Pienso en las probabilidades que tengo de contraer la enfermedad y me tranquilizo mientras me como el bocata de milanesa. 
Siempre tuve ganas de visitar Potosí. Mas allá de la expresión “vale mas que un Potosí” la ciudad tenía para mi unas reminiscencias que la convirtieron en un punto de destino obligatorio a lo largo de mi ya largo camino. Leo algo de historia de la ciudad, y me entero de que Potosí, fundada bajo el Cerro Rico, estuvo siempre ligada a éste, por las grandes cantidades de mineral sobre todo plata y oro que contenía. Potosí fue unas de las pocas cecas de latinoamerica acuñando moneda desde el siglo XVI. Su auge fue tan grande que a principios del XVII vivían más de ciento cincuenta mil personas aquí. Tenía más población que Madrid o París. Y de ahí viene todo su esplendor, la gran cantidad de monumentos e iglesias que quedan como vestigio de una época en la que la ciudad fue grande, muy grande. Luego vendría su declive y varios intentos de remontar. Hoy en día, y tras unos años de crecimiento, la ciudad apenas tiene la población que llegó a tener tres siglos atrás.
No tienen patrón. Son autónomos. Compran el derecho a una galería en la mina y se pagan todo ellos. Casco, dinamita, alcohol para beber, coca, y cigarrillos para el Tio, el demonio de la mina. La pachamama, mujer, es el equilibrio espiritual dentro de la mina. Los mineros tienen la creencia de que la mina te da lo que tu le des a ella y de ahí las ofrendas al Tio y la Pachamama.

Hace mucho frío. Amanezco tiritando. A las nueve de la mañana todo sigue igual y la pala que puede solucionar la situación no termina de llegar. Una hora mas tarde llega y se monta el espectáculo. La carretera está llena de gente que ha tenido que pasar la noche en el coche y que aplaude, grita o rie los aciertos o desaciertos del operario de la pala.
Finalmente sacan los vehículos atascados y continuamos viaje. Llego a Uyuni con más de doce horas de retraso.
No os creáis que todo es diversión y aventura en la vida del viajero. También hay una parte que no se ve, ni se cuenta. Me refiero a las gestiones. Sacar dinero, buscar una pieza, un taller mecánico, buscar un ciber para publicar el blog,.. En fin, que en Salta no solo estuve comiendo empanadas (buenísimas por cierto) y Locro (comida regional típica de la zona) y bebiendo vino.
Entre otras cosas aproveche para poner el Falcon a punto, sobre todo en su parte estética que había quedado algo descuidada en los últimos tiempos. Le compre el faro que le faltaba y dejó estar tuerto. Aunque el faro funcionaba no quería dar pie a problemas con la policia, posibles mordidas, etc… Y los repuestos aquí son tan baratos que no pude resistir la tentación de comprarle también una nueva parrilla con el logo incluido. Además de esto le hice un cambio de aceite y filtro (no había hecho ninguno desde que salí de Buenos Aires) y le di una lavadita. Vamos que quedó como nuevo.
decidí relajarme un poco días y hacer un pequeño recorrido por los valles calchaquíes y sus pueblitos. Era ésta una zona que tenía muchas ganas de visitar desde hace tiempo. Bajé primero por la ruta 68 hasta Cafayate y las ruinas de Quilmes para luego volver a Salta por la 40 reencontrándome otra vez con esta carretera aunque mucho mas al norte y visitando brevemente Cachi. Ambos trayectos son espectaculares y con zonas muy distintas de quebradas y valles verdes. Y mucho cactus. Si algo me ha sorprendido de Salta es lo variado de sus paisajes. Y la gente es tan amable…
En este sentido tampoco me puedo quejar.
El segundo en cambio conserva todo su sabor y me fascinó pasear por sus calles sin asfaltar. Buscando un cine en Humahuaca me tope con Tantanakuy, una asociación cultural creada por Miguel Torres y que desarrolla una actividad encomiable si tenemos en cuenta el lugar y los medios. Hablando con Lorena, la bibliotecaria me explicó el sentido de la asociación en ese lugar remoto del mundo y la labor que realizan. El centro además de contar con una biblioteca y un cine dispone de un bar, alojamiento y un par de salas para actividades. Normalmente imparten cursos de música tradicional, baile, etc… para la gente del pueblo pero también aceptan guiris así que si estáis interesados en aprender a tocar la quena o aprender filosofía andina podéis contactar con la asociación (www.tantanakuy.org.ar) y quedaros una semanita en el pueblo. Para mi fue una lastima no tener mas tiempo.
En fin, ya os digo que pase unos días agradables visitando estos pueblitos pero tenía que seguir mi destino y además necesitaba algo de tensión así que enfile el Falcon hacia La Quiaca, la frontera con Bolivia. Allí estuve esperando una hora hasta que apareció un funcionario de aduanas que tras mirar mi documentación me dijo muy amablemente que no me dejaba pasar. Y no me dejo. Así que me tuve que volver por el mismo camino que había venido.
Miro de nuevo las ruedas hundidas en la arena y no puedo creerlo. Tan sólo unos segundos antes rodaban como si nada camino a la frontera argentina. Estoy en el desierto de Atacama. Acabo de visitar un salar que es además una reserva de flamencos. Y ahora, justo antes de alcanzar la carretera principal, quedo encallado en unas dunas de fina arena.
Intento salir pero es inútil. Cada intento hunde aún más el Falcon. Miro alrededor pero no encuentro nada que pueda ayudarme. Finalmente decido cerrar el coche e ir a buscar ayuda. Salgo al cruce. Nadie me para. Hace un calor de mil demonios. Ahora comprendo porque lo llaman desierto. No pasa nadie. Finalmente me recoge una pick-up que me deja en el puesto de Carabineros. El oficial me dice que el único en el pueblo que puede ayudarme es Tito Mamani y me voy a buscarlo. Con ese nombre se podía dedicar a cualquier cosa. Cualquiera menos remolcador de vehículos. Tito no aparece y a la desesperada se lo pido a unos obreros. El que parece el jefe se ofrece a llevarme pero antes tengo que acompañarle a dejar una tubería por una montaña perdida. A la hora ya está tirando del Falcon que se resiste a salir. Está bien hundido el jodío. Finalmente sale a regañadientes. Agradezco y pago al amigo chileno y continúo viaje hasta la frontera argentina.
Poco a poco noto el coche mas espeso, mas lento. A ratos pega tirones como si no tuviera fuerza. De pronto caigo y miro el altimetro. Estoy a mas de 3.500 metros de altura. Bajo el ritmo para no ahogarlo. Atardece.
Cambio la rueda en veinte minutos, lo bueno de practicar las cosas.
Poco a poco el camino va cambiando de la aridez a la vegetación exuberante. Aparecen los primeros cactus. Llego a Salta sorprendido porque no me la imaginaba así de verde. La ciudad es muy agradable con edificios y plazas coloniales. y toda la gente del mundo en sus calles. El salteño vive su ciudad y le gusta pasearla.
Es una pena porque apenas se aprecia el paisaje. Comenzamos a descender. Ahora ya no se ve nada. Nos perdemos. No encontramos las marcas que señalizan el camino de vuelta. Una y otra vez subimos y bajamos pero cada vez estamos más perdidos. La niebla nos ha desorientado. Por si fuera poco comienza a llover. Cansados y mojados nos refugiamos bajo una piedra mientras nos planteamos hace noche.
La perspectiva de quedarnos en la montaña no nos hace muy felices y tras unos instantes de deliberación decidimos “echarle cojones” y hacer un último intento. Ricardo al grito de “adelante los Tercios españoles” va abriendo camino. La vegetación es a veces tan espesa que necesitaría un machete. Yo detrás empiezo a resentirme de una rodilla. Encontramos una quebrada por la que bajar y comenzamos a ver la luz pero todavía nos queda lo peor. Vamos siguiendo el curso de un riachuelo. En un momento dado las ramas nos cortan el camino y tenemos que meternos en el propio río. Ahora estamos empapados por la lluvia, llenos de rasguños y con el agua hasta las rodillas. Ricardo sigue abriendo camino y haciendo imitaciones de expresiones españolas. No pierde el ánimo. La parte final, la que parece más fácil, es la peor. La tierra se ha convertido en barro y las caídas y resbalones son una constante durante una hora más. Yo voy cojo pues la rodilla me duele con cada movimiento. Finalmente alcanzamos la carretera y la hostería donde habíamos dejado el coche. Estamos salvados. Tomamos dos cafés con leche para recuperarnos. Lo hemos pasado realmente mal. 

Tenía que pasar y pasó. Estaba previsto aunque nunca imaginé que sería en las proximidades de Copiapó, una parte bastante civilizada de Chile (teniendo en cuenta las carreteritas que he tenido hasta ahora). Pero las cosas no siempre pasan como uno las imagina y seguramente por eso me quedo sin gasolina a escasos 20 Km. de Copiapó y sus gasolineras.
En fin que ya casi me estaban llevando a la mina cuando decido que lo primero era lo primero y en este caso lo primero era sacar el Falcon de la cuneta. Así que me despido de la familia minera y por si acaso les doy mi e-mail para que me envíen las condiciones de la inversión. Si alguno de vosotros está interesado puedo hacéroslas llegar. 
Al norte, pasado Antofagasta, se encuentra otra mina algo más grande, la de Chuquicamata. En realidad es una de las minas a cielo abierto mas grandes del mundo. Fue gestionada por la US Anaconda Copper Mining Company hasta que Allende la nacionalizo en el año 71. Actualmente está en manos de la Compañía del Cobre (estatal).
