Un poco de historia. Antes de salir, cuando le hice el primer cambio de aceite en Buenos Aires , anoté lo que me indicaba el cuentakilómetros: 30.130. A mi vuelta me sorprendió que todo el instrumental hubiese sobrevivido a los baches del camino. Volví a mirarlo dos meses después e indicaba 51.149 Kms. Al realizar el calculo casi me caigo de espaldas, había recorrido mas de veinte mil kilómetros en poco mas de dos meses, concretamente 21.019.
Durante gran parte del viaje, sobre todo en el noroeste argentino y Bolivia, me mantuve en alturas que rondaron los 3.500-3.800 metros llegando a superar en numerosas ocasiones los 4.200 metros. A esas alturas la potencia se venía abajo y el coche se volvía perezoso y se ahogaba pero nunca dejó de subir y subir. Llegué a pensar que podría subir eternamente hasta la estratosfera. No hizo falta.
Durante gran parte del viaje, sobre todo en el noroeste argentino y Bolivia, me mantuve en alturas que rondaron los 3.500-3.800 metros llegando a superar en numerosas ocasiones los 4.200 metros. A esas alturas la potencia se venía abajo y el coche se volvía perezoso y se ahogaba pero nunca dejó de subir y subir. Llegué a pensar que podría subir eternamente hasta la estratosfera. No hizo falta.
En una ocasión, empantanado como siempre en uno de los muchos lodazales con los que me encontré, tuve que superar mas de cien metros de agua y barro con la única técnica posible en estas circunstancias: meter primera, coger carrerilla y no dejar de pisar el acelerador volanteando a izquierda y derecha frenéticamente. El Falcon, rugió, derrapó, brinco, sobrepasó un Toyota encallado, y superó los cien metros con tanta mala hostia que casi atropello a los que me esperaban al otro lado. Cuando salí de coche casi me subo al techo de la alegría. Era el mayor subidón de adrenalina que había tenido en mi vida. “Tiene fuerza el autito” me dijo un boliviano. “Es lo único que le queda” le contesté. Y lo dije porque pensaba que estaba destrozado, lo había golpeado con todo y contra todo. No me atrevía ni a mirarlo pero ahí estaba, como si nada. Yo mismo no terminaba de comprenderlo. Tuve un par de averías mecánicas que me obligaron a reparar el cardán en una ocasión y a sustituir un rodamiento en otra. A parte de esto sólo tuve que ir reponiendo alguna bujía y neumático (4). Adjunto foto del único que sobrevivió a todo el viaje y algunos datos. 
Kilómetros recorridos: 21019
Duración (días): 62
Media diaria (Km / día): 339
velocidad media aprox. (Km / h): 42
Consumo: Incalculable
Altura máxima aproximada (metros):4200 metros
Neumáticos sustituidos: 4
Pinchazos: 5
Cambios de aceite: 2 (uno antes de salir)
Bujias: 8 (todas en la Patagonia por la mala calidad del combustible)
A lo largo del camino varias personas intentaron comprarme el coche. En un pueblecito boliviano estuve tentado de venderlo antes los tres mil dólares que me ofrecía un campesino que quería dedicarlo a labores del campo pero me negué. Miedos burocráticos aparte no podía soportar la imagen de mi Falcon cargado hasta arriba de sacos de patatas. No, el Falcon estaba destinado a aventuras mayores.
Muchas veces mi imaginación vagó tratando de poner cara a sus anteriores dueños. Quizá un padre de familia que lo utilizaba para disfrutar los fines de semana en Pilar o las vacaciones en Mar del Plata. Tal vez una pareja de jubilados que apenas lo movían del garaje y lo tuvieron condenado al aburrimiento. Quise creer que un día lo saqué del hastío para llevarlo a los confines del mundo. Y lo pienso porque a pesar de su peso y su apariencia funeraria siempre viajó alegre y lleno de fuerza. Su motor no me falló nunca en los veinte mil kilómetros que recorrí con él.
Pocas imágenes me han impactado tanto como la de unos mecánicos escuchando extasiados el sonido de los seis cilindros de su motor sorprendidos por el buen estado del mismo, asomándose a un pasado mecánico que como todo los pasados siempre fue mejor. Un pasado mecánico que ya no volverá pisoteado por la eficacia, el ahorro, la ecología, la practicidad. Todo tan indiscutible.
Me cuentan desde Buenos Aires que los vecinos del barrio protestan porque no les gusta ver el coche en su calle, les rompe su estética, les parece feo y viejo. Les molesta. Hay que moverlo del sitio para que el agravio se reparta entre todos.
No quiero venderlo y no me queda mas remedio para que siga viviendo. Pero el comprador no puede ser cualquiera. Deberá cumplir unos estrictos requisitos que yo mismo supervisaré. Me da miedo que lo hortericen convirtiéndolo en un coche “pistero”. El nuevo propietario deberá respetar su integridad por encima de todo. Qué mas puedo añadir, un compañero fiel, un maquina de viajar o como dicen en Argentina: un fierro.

Kilómetros recorridos: 21019
Duración (días): 62
Media diaria (Km / día): 339
velocidad media aprox. (Km / h): 42
Consumo: Incalculable
Altura máxima aproximada (metros):4200 metros
Neumáticos sustituidos: 4
Pinchazos: 5
Cambios de aceite: 2 (uno antes de salir)
Bujias: 8 (todas en la Patagonia por la mala calidad del combustible)
A lo largo del camino varias personas intentaron comprarme el coche. En un pueblecito boliviano estuve tentado de venderlo antes los tres mil dólares que me ofrecía un campesino que quería dedicarlo a labores del campo pero me negué. Miedos burocráticos aparte no podía soportar la imagen de mi Falcon cargado hasta arriba de sacos de patatas. No, el Falcon estaba destinado a aventuras mayores.
Muchas veces mi imaginación vagó tratando de poner cara a sus anteriores dueños. Quizá un padre de familia que lo utilizaba para disfrutar los fines de semana en Pilar o las vacaciones en Mar del Plata. Tal vez una pareja de jubilados que apenas lo movían del garaje y lo tuvieron condenado al aburrimiento. Quise creer que un día lo saqué del hastío para llevarlo a los confines del mundo. Y lo pienso porque a pesar de su peso y su apariencia funeraria siempre viajó alegre y lleno de fuerza. Su motor no me falló nunca en los veinte mil kilómetros que recorrí con él.
Pocas imágenes me han impactado tanto como la de unos mecánicos escuchando extasiados el sonido de los seis cilindros de su motor sorprendidos por el buen estado del mismo, asomándose a un pasado mecánico que como todo los pasados siempre fue mejor. Un pasado mecánico que ya no volverá pisoteado por la eficacia, el ahorro, la ecología, la practicidad. Todo tan indiscutible.Me cuentan desde Buenos Aires que los vecinos del barrio protestan porque no les gusta ver el coche en su calle, les rompe su estética, les parece feo y viejo. Les molesta. Hay que moverlo del sitio para que el agravio se reparta entre todos.
No quiero venderlo y no me queda mas remedio para que siga viviendo. Pero el comprador no puede ser cualquiera. Deberá cumplir unos estrictos requisitos que yo mismo supervisaré. Me da miedo que lo hortericen convirtiéndolo en un coche “pistero”. El nuevo propietario deberá respetar su integridad por encima de todo. Qué mas puedo añadir, un compañero fiel, un maquina de viajar o como dicen en Argentina: un fierro.¿Alguien quiere ser propietario de ésta joyita?

Bogotá tiene su parte antigua, el llamado barrio de la Candelaria donde visito la plaza Bolívar, la catedral, la casa Nariño y el muy interesante museo del oro. Los días son soleados, a veces. En Bogotá lo normal es que los días sean medio lluviosos.
El viaje ha terminado. A la mañana siguiente, en vuelo de Iberia, salgo hacia España. Poco después estoy abriendo la puerta de mi casa tras tres meses de ausencia. Sentado en una silla, me tomo mi tiempo para reconocerla.


No me puedo quejar de la experiencia, he visto maravillas como el glaciar Perito Moreno, el salar de Uyuni o las cataratas de Iguazú. He vivido el desierto chileno y la soledad de la ventosa Patagonia. He cruzado el mítico estrecho de Magallanes y he paseado junto al canal de Beagle. He dormido en mitad de la nada y me he hundido en cuanto río se me ha puesto al alcance. Me he mojado por la lluvia y he pasado frío. También me he cabreado (conmigo mismo). Y me he perdonado (muy fácilmente). Y he tragado polvo como un maldito. Pero por encima de todas estas cosas lo que más disfruté y lo que más difícilmente podré olvidar es la sensación de absoluta libertad mientras viajaba con nada en mitad de la nada en el más difícil de los equilibrios entre la soledad y la suerte. 

No me pesa dejar Bolivia debo reconocerlo. Supongo que dentro de unos años lo recordaré como una gran aventura pero ahora tengo el regusto de una pesadilla. Siento que a partir de ahora todo irá bien.


Al día siguiente me levanto a las cuatro de la mañana pues quiero aprovechar el día. Enfilo el camino hacia Portoalegre-Uruguay pero algo me obliga a parar. Son las cinco de la mañana. Las calles de Foz de Iguazú están desiertas. Me quedo pensando en silencio. Algo me dice que ya es hora de regresar a Argentina así que cambio nuevamente de planes y me voy a frontera. Allí me encuentro nuevamente con los amigos del AFIP (aduaneros argentinos) que me hacen un registro exhaustivo del vehículo durante media hora. Problemas para sacarlo del pais, problemas para meterlo en el pais. No dejo que la experiencia me prive de la alegría de pisar de nuevo tierras argentinas y lo celebro visitando San Ignacio Miní, una de las reducciones jesuiticas de la zona (




Cuando amanece ya es lunes, pero no un lunes cualquiera. Es el lunes en el que tengo que decidir la parte final de mi viaje. Pero no lo decido yo, lo decide una compañía de seguros negándome mi última posibilidad de tener uno para Ecuador, Perú y Colombia y por tanto cortando mi proyecto inicial de seguir la Panamericana hasta el final. Pongo en marcha el plan B que consiste en volver a Buenos Aires atravesando Paraguay y visitando Iguazú en Brasil. Trato de superar la decepción viendo la parte positiva. Al menos no tendré que preocuparme de repatriar al Falcon.
Entre Santa Cruz y Camiri, reviento una rueda contra una piedra. La cambio en mitad de la noche con la luz de la linterna. Continuo viaje pero el coche tiembla mucho y no lo puedo pasar de 50 km/h. De pronto, aparece una vaca tumbada en mitad de la carretera. Frenazo, volantazo y golpeo el Falcon contra la vaca. Me temo lo peor pero ambos resultan milagrosamente ilesos. Pienso que de no haber reventado la rueda y haberme obligado a reducir la velocidad igual no lo hubiese contado. Esa noche fue dura. Llego ya tarde a Camiri y me voy a dormir extenuado sin probar bocado. Al día siguiente seguiré con la mala racha. Enfilando la frontera de Paraguay desde Boyuibe me quedo encallado con las ramas de un árbol. Aparece Clemente, un muchacho campesino que me ayuda a sacarlo pero unos metros mas adelante vuelvo a sumergirme en el fango. Despido a Clemente que tiene que irse a ordeñar sus vacas y me quedo unas horas esperando.
No pasa nadie. Estoy deshidratado y bebo agua de una charca. Me pican los mosquitos. Ni siquiera pienso que estoy en el epicentro de la “zona dengue”. Me da igual. Sólo quiero sacar el Falcon del barro.
El sol está ya muy bajo cuando aparece Ronald mas conocido como “gauchito” que me saca del apuro con su coche. Va descalzo y medio desnudo. Huele a de todo. Pero es una máquina recorriendo el camino. Con su amigo Gabriel son capaces de sortear cualquier obstáculo. “Mas adelante el camino está impracticable” - me comentan. Ellos vienen de la frontera y es imposible avanzar así que no me queda mas remedio que volver por donde he venido. Todo el día perdido. Formamos una caravana de tres coches. Por el camino nos vamos ayudando. Voy sin rueda de repuesto pero afortunadamente no pincho. Llegamos tarde a Boyuibe, ya anochecido, pero llegamos.
Reconozco que Bolivia me tiene quemado. Piedras en el camino, pinchazos, barro, baches, ríos desbordados. Realmente una aventura. Pero me tiene quemado. Me ha llevado al límite en varias ocasiones. Bolivia me gusta pero me agota.












