Mi llegada a meta es triunfal o al menos así lo siento mientras recorro las calles de Buenos Aires a primeras horas de la mañana. Por la avenida Libertador las multitudes aclaman al Falcon como unos meses antes lo hicieran con los vehículos del Dakar. No es de extrañar, es el gran héroe. En mi imaginación voy saludando y firmando autógrafos. En la realidad, los taxistas me pitan e insultan por obstaculizar el tráfico. Mas tarde, bajo el obelisco, fotografío el cuentakilómetros. El Falcon ha recorrido un total de 21.019 kilómetros en dos meses y dos días. 
Se aproxima el momento de la separación. Durante los días siguientes lo paseo por las calles y avenidas porteñas como premio a su esfuerzo, un merecido homenaje. La última tarde en Buenos Aires el Falcon empieza a fallar. El chivato de presión de aceite se mantiene encendido permanentemente, el agua del radiador se consume y tengo que parar a cada rato. Además se niega a abrir el capó. No entiendo nada pero luego lo entiendo todo. No quiere terminar la aventura, caer en el olvido. Interpreto sus quejas como un rechazo a ser abandonado.

Mientras Argentina llora conmocionada la muerte de Alfonsín yo hago lo propio por mi Falcon mientras me dedico a hacer lo que siempre hago en Buenos Aires: gestiones. Entre otras preparo un poder en el escribano que facilite la venta del auto. A la salida le miro de refilón porque no me atrevo a hacerlo a la cara. Me siento un traidor.
Lo paso mal esos días preparando la despedida inevitable. Al fin y al cabo le debo haber conocido gente y paisajes increíbles.
No me puedo quejar de la experiencia, he visto maravillas como el glaciar Perito Moreno, el salar de Uyuni o las cataratas de Iguazú. He vivido el desierto chileno y la soledad de la ventosa Patagonia. He cruzado el mítico estrecho de Magallanes y he paseado junto al canal de Beagle. He dormido en mitad de la nada y me he hundido en cuanto río se me ha puesto al alcance. Me he mojado por la lluvia y he pasado frío. También me he cabreado (conmigo mismo). Y me he perdonado (muy fácilmente). Y he tragado polvo como un maldito. Pero por encima de todas estas cosas lo que más disfruté y lo que más difícilmente podré olvidar es la sensación de absoluta libertad mientras viajaba con nada en mitad de la nada en el más difícil de los equilibrios entre la soledad y la suerte.

Todavía no ha amanecido la mañana de mi último día en Buenos Aires, de mi último día de viaje. Me acerco al taxi que me llevará a Ezeiza arrastrando los pies como un reo hacia el pelotón de fusilamiento. Nunca pensé que me costaría tanto. Desde la ventanilla echo una última mirada al Falcon. Apenas un segundo porque desaparece rápidamente tras una esquina. A través del espejo retrovisor veo los ojos extrañados del taxista. No comprende nada.
Esta es la última foto que hice al Falcon. Está tomada en Caballito, un barrio de Buenos Aires donde también le hice las primeras.
No me pesa dejar Bolivia debo reconocerlo. Supongo que dentro de unos años lo recordaré como una gran aventura pero ahora tengo el regusto de una pesadilla. Siento que a partir de ahora todo irá bien.


Al día siguiente me levanto a las cuatro de la mañana pues quiero aprovechar el día. Enfilo el camino hacia Portoalegre-Uruguay pero algo me obliga a parar. Son las cinco de la mañana. Las calles de Foz de Iguazú están desiertas. Me quedo pensando en silencio. Algo me dice que ya es hora de regresar a Argentina así que cambio nuevamente de planes y me voy a frontera. Allí me encuentro nuevamente con los amigos del AFIP (aduaneros argentinos) que me hacen un registro exhaustivo del vehículo durante media hora. Problemas para sacarlo del pais, problemas para meterlo en el pais. No dejo que la experiencia me prive de la alegría de pisar de nuevo tierras argentinas y lo celebro visitando San Ignacio Miní, una de las reducciones jesuiticas de la zona (




Cuando amanece ya es lunes, pero no un lunes cualquiera. Es el lunes en el que tengo que decidir la parte final de mi viaje. Pero no lo decido yo, lo decide una compañía de seguros negándome mi última posibilidad de tener uno para Ecuador, Perú y Colombia y por tanto cortando mi proyecto inicial de seguir la Panamericana hasta el final. Pongo en marcha el plan B que consiste en volver a Buenos Aires atravesando Paraguay y visitando Iguazú en Brasil. Trato de superar la decepción viendo la parte positiva. Al menos no tendré que preocuparme de repatriar al Falcon.
Entre Santa Cruz y Camiri, reviento una rueda contra una piedra. La cambio en mitad de la noche con la luz de la linterna. Continuo viaje pero el coche tiembla mucho y no lo puedo pasar de 50 km/h. De pronto, aparece una vaca tumbada en mitad de la carretera. Frenazo, volantazo y golpeo el Falcon contra la vaca. Me temo lo peor pero ambos resultan milagrosamente ilesos. Pienso que de no haber reventado la rueda y haberme obligado a reducir la velocidad igual no lo hubiese contado. Esa noche fue dura. Llego ya tarde a Camiri y me voy a dormir extenuado sin probar bocado. Al día siguiente seguiré con la mala racha. Enfilando la frontera de Paraguay desde Boyuibe me quedo encallado con las ramas de un árbol. Aparece Clemente, un muchacho campesino que me ayuda a sacarlo pero unos metros mas adelante vuelvo a sumergirme en el fango. Despido a Clemente que tiene que irse a ordeñar sus vacas y me quedo unas horas esperando.
No pasa nadie. Estoy deshidratado y bebo agua de una charca. Me pican los mosquitos. Ni siquiera pienso que estoy en el epicentro de la “zona dengue”. Me da igual. Sólo quiero sacar el Falcon del barro.
El sol está ya muy bajo cuando aparece Ronald mas conocido como “gauchito” que me saca del apuro con su coche. Va descalzo y medio desnudo. Huele a de todo. Pero es una máquina recorriendo el camino. Con su amigo Gabriel son capaces de sortear cualquier obstáculo. “Mas adelante el camino está impracticable” - me comentan. Ellos vienen de la frontera y es imposible avanzar así que no me queda mas remedio que volver por donde he venido. Todo el día perdido. Formamos una caravana de tres coches. Por el camino nos vamos ayudando. Voy sin rueda de repuesto pero afortunadamente no pincho. Llegamos tarde a Boyuibe, ya anochecido, pero llegamos.
Reconozco que Bolivia me tiene quemado. Piedras en el camino, pinchazos, barro, baches, ríos desbordados. Realmente una aventura. Pero me tiene quemado. Me ha llevado al límite en varias ocasiones. Bolivia me gusta pero me agota.